sábado, 13 de junio de 2015


1
Fuancho estaba sentado en un muro y recostado a una pared solo, ensimismado en sus pensamientos, cuando escucho como si alguien carraspeara para llamar su atención. Miró a su alrededor y no vio a nadie, enseguida escuchó una voz:

-Fuancho. He escuchado tus constantes protestas y lamentaciones sobre cosas que no debí hacer y cosas que debí hacer, pero hay una que me ha causado particular curiosidad: ¿Para qué quieres saber el día exacto de tu muerte?

-¡Ah! Mi Señor ¡Para estar prevenido! Si nos hubieras dado a conocer esa fecha uno se programaría. Pero fíjate, un tipo joven se “mata” trabajando para poder sostener su casa y su familia y de pronto ¡Pum! Muere.
O el caso de dos ancianitos que están esperando la muerte en cualquier momento. El uno rico y desencantado, viendo cómo su familia despilfarra todos sus bienes; el otro pobre, angustiado por no tener con qué comprar una pastilla para calmar sus dolores después de toda una vida de trabajo. Yo no veo ahí justicia.
Yo opino que todos deberíamos tener lo suficiente. Así y sabiendo que en tal fecha debemos “colgar los guantes” seríamos más felices. Bueno, pero veo que tú no te interesas mucho en eso del comunismo o el capitalismo.

-Eso es cuestión de ustedes. Pero tengo una propuesta que hacerte. ¿Cuántos años tienes?
-Tengo 37 años.
-¿Familia?
-Sí, una esposa y dos hijos adolescentes. Yo entendía que tú lo sabías todo.
-¡Bah! Ya te dije que eso es cuestión de ustedes.
-Con razón uno a veces se cansa de pedirte y nada.
-Eso es otro cuento y va por otro conducto. Tengo cosas más importantes en qué ocuparme ¿Quieres escuchar la propuesta, sí o no?
-Claro, claro. Te escucho Señor.
-Tú piensas que si sabes la fecha de tu muerte y tienes los medios para vivir holgadamente, serías más feliz ¿Correcto?
-Sí, Señor.
-Si yo te proporciono esos medios y te doy la fecha de tu deceso ¿Aceptarías la propuesta?
-¡Sí! La acepto.
-Después de aceptada no puede haber arrepentimiento.
-Correcto. Pero por favor, que no sea en Navidades ni en Carnavales.
-Está bien, concedido.
-Tengo otra cosa que solicitarte.
-Habla.
-Que no sea muerte natural porque así tú llevas ventaja sobre mí. Qué tal un paro cardíaco o un derramen cerebral, quedo frío sin darme cuenta. Que sea muerte accidental y lógica, porque en la película “Damián” el diablo elimina a un sacerdote cortándole la cabeza con un vidrio que se sale de un carro al dar una vuelta.
También en los récords Guiness se dice que un tipo salía de un banco en Londres y le cayó una tortuga en la cabeza. Pero bueno, eso es cosa del diablo, tú no actúas así ¿Verdad?
-No. Quieres el día preciso o te doy dos más de gabela.
-¡Sí! Con la gabela por supuesto.
-Entonces pon atención. En tu bolsillo derecho del pantalón encontrarás un billete de alto valor cada vez que necesites comprar algo que se ajuste a tus necesidades de término medio. Piensa bien antes de actuar porque si no lo haces no podrás sacar el billete. Es un solo billete por día. Recuerda que deseas llevar una vida término medio. Otra cosa: este trato no debe saberlo nadie, en el momento que lo divulgues positivamente morirás ¿Definitivamente de acuerdo?
-¡Sí! De acuerdo.

Fuancho escuchó una potente voz que se amortiguaba como perdiéndose en la distancia.
Morirás al cumplir los 45 añooooos!!!
-¡Señor! ¡Espera, espera! Oh, no, Señor. Yo pensé que me darías como 60 o algo más.
Con los codos apoyados sobre las rodillas ocultó su cara entre las manos.
-Dios mío, apenas me quedan ocho años, esto no puede ser.
Fuancho se quedó pensando en su suerte, su mala suerte se decía a sí mismo, eso de morir a los 45 años, la mejor época del hombre, indudablemente, no estaba bien. Sobretodo si apenas le restan a uno ocho.
-Si esto me hubiera ocurrido a los 25 o 30 años otro cantar fuera.
En fin, debo dedicarme a vivir estos ocho años bien vividos.
Se metió la mano al bolsillo y efectivamente ahí tenía un billete. Intentó sacarlo y sintió como si hubiera halado toda la pata del pantalón.
-¡Epa! ¿Qué fue que me lo dio cosido al pantalón?
Intentó voltear el bolsillo y no lo consiguió. Confundido por eso, pensó en quitarse el pantalón y revisarlo más cómodamente, pero desechó la idea pensando que alguien lo pudiera ver y lo acusaran de impúdico o peor, que creyeran que estaba por cometer algún acto depravado y lo lincharan. Así que trató de sosegarse y pensar mejor.
-¡Eso es, tengo que pensar primero! Y yo no he pensado en comprar nada todavía.

2
Desesperado por el poco tiempo de vida que le quedaba, Fuancho comenzó a llevar una vida disipada. De lunes a viernes su única ocupación era comer y dormir para recuperar la energía y el sueño perdidos por los trasnoches del fin de semana, cuando armaba sus zafarranchos con vecinos y amigos en los estaderos y en el patio de su casa, con tragos y sancochos pagados por él.
Varios meses después se fue quedando solo pues sus amistades no aguantaron semejante ritmo festivo, por lo cual comenzó a frecuentar burdeles donde cada vez se acostaba con una chica diferente. Cuando llegaba a esos lugares era recibido con grandes muestras de afecto: besos, abrazos y coquetas insinuaciones. Lo atendían con esmerada atención. Tiempo después le pasó lo mismo que con sus amigos.

Las chicas empezaron a esquivarlo porque ya lo veían hasta en la sopa y no era tan atractivo. Le estaban perdiendo el interés por la frecuencia conque aparecía. Se habían dado cuenta que en algo raro andaba el tipo ya que no trabajaba y siempre tenía algún billete en el bolsillo. Por eso estaban inconformes y cada vez le exigían una cuota más alta. Al principio se mostró reacio a esa extorsión, pero entonces le tocaba acostarse con la más fea. El no podía remediar la situación pues el bolsillo no daba para más.

Esa noche después de dar varias vueltas en la cama durante un buen rato tratando de no pensar en nada como en los últimos dos años, decidió sentarse en el borde y analizar su situación calmadamente. Así como lo trataban las chicas de los burdeles, así lo estaban tratando los amigos del barrio. Le habían perdido toda consideración. Al principio hacían todo lo posible por hacerse ver de él para que los invitaran a las tabernas donde, por supuesto, el trago corría por cuenta de su generoso bolsillo. Pero últimamente se hacían los escurridizos y siempre tenían montones de excusas para “zafarlo”. Realmente se sentía solo, hasta su mujer y sus hijos lo estaban “abriendo” poco a poco.

Ahora que había conseguido para la casa muebles y electrodomésticos nuevos, útiles y ropa nueva para cada mimbro de su familia, pagando montones de créditos diario, semanal, quincenal y mensualmente, ahora que su casa parecía una tacita de plata él aparecía como un sarnoso a quien todo mundo trataba de evitar. Su mujer no ocultaba su apatía hacia su aparente felicidad desde el día que le preguntó de dónde sacaba tanto dinero si no estaba trabajando. Él fue tan duro con su respuesta que ella prefirió guardar silencio y mantenerse apartada de su rumba sabatina. Sus hijos también afrontaban problemas con los chicos del barrio y del colegio pues corrían rumores de la doble vida que llevaba Fuancho. Por dichos rumores sus amigos se habían apartado, no querían estar en la misma mesa con él el día que fueran a cobrarle cuentas por el dinero que despilfarraba. Las esposas de sus vecinos que lo acompañaban en sus farras también le estaban sacando el cuerpo, ya ni lo saludaban y no solamente a él sino también a su mujer y sus hijos. En verdad se estaba aburriendo de la vida disipada que llevaba. Pensó darse la gran vida y tantas parrandas lo tenían anímicamente cansado. Nunca se preocupó por nada pues sabía que no podía morir la víspera, sin embargo, tendría que darse un descanso y recuperar a su familia. «Definitivamente el dinero no hace la felicidad» pensó.

3
Dos años después.
-Bueno familia, hace tres meses de nuestro último viaje. Ya está todo arreglado para nuestra próxima aventura: ¡Disney World!
Se mostraba muy feliz de poder ofrecer un sueño a su familia. Cualquier otra hubiera saltado de la alegría y lo hubieran abrazado y besado preguntando cuando sería el viaje, pero la suya no mostró ningún interés por la noticia. Sus dos hijos y su esposa permanecían en sus sillas del comedor como si él más bien les hubiera anunciado una desgracia.
-¡Epa! ¡Que pasa! ¿Acaso no les agrada la noticia?
-No, no es eso mi amor -contestó la mujer- lo que pasa es que son muchos los viajes que hemos hecho en estos dos años y los chicos terminaron mal sus estudios el año pasado y este año van peor y eso no está bien.
-Si papi. Hemos hecho varios tours por Colombia y la conocemos casi toda pero hemos descuidado nuestra vida social aquí –aclaró el chico.
-Me he perdido varios quinceañeros tanto en el colegio como aquí en el barrio, apá – dijo la hija.
-Definitivamente a este mundo no lo entiende nadie. En fin, cancelado el asunto ¡Viajaré yo solo!

El silencio de su familia le dio a entender que nadie objetaba la idea. Indudablemente que un sistema de vida como el de Fuancho no pasa desapercibido por nadie. Es normal que cuando alguien gana un premio gordo reciba la aduladora simpatía de amigos y vecinos, posteriormente esa simpatía se torna en antipatía, quizá por envidia. Luego vienen las murmuraciones.
Esa noche, después de hablar con su familia se dirigía a la sala, quería ver televisión. Aún no se había acomodado en su sillón cuando un carro frenó frente a su puerta haciendo chirriar las llantas. Cinco personas saltaron de su interior y con armas en mano entraron en su casa. Dos se dirigieron hacia él, uno le apuntaba con el arma y el otro le extendía y sacudía un papel casi sobre su rostro.
-¡Esta es una orden de allanamiento! Somos de la fiscalía.

La acción cinematográfica de los recién llegados y el tono enérgico del tipo dejaron petrificados a la familia de Fuancho, aún él mismo no sabía si quedarse sentado o pararse.
-Háganos el favor de acompañarnos hasta los cuartos para hacer el registro –le comunicaron.
Fuancho se levantó de su sillón y sin entender todavía nada les hizo señas de que lo siguieran. El tipo del papel que parecía ser el jefe y dos más le siguieron, dos se quedaron el la sala. Pasado unos minutos la hija pudo hablar y halaba por el brazo a la madre.
-¿Mami, qué pasa, qué significa esto? –preguntó llorando.
-Cálmese, señorita. Ya oyó, somos de la fiscalía, no tiene nada que temer –dijo uno de los tipos. La madre y el joven aún no reaccionaban.

Media hora más tarde y después de haber levantado los colchones, abierto maletas, clóset y gavetas, después de registrar el baño, el patio y la cocina, se reunieron en la sala.
-O.K. señor agente. No sé qué están buscando pero hágame el favor y me explica esta arbitrariedad.
-Señor, no es una arbitrariedad. Recibimos una denuncia contra usted y desde hace tres meses lo venimos siguiendo pues sospechamos que está traficando drogas.
-Entonces entrégueme la orden porque me voy a quejar ante la Defensoría del Pueblo.
-Esta orden es para nosotros, pero está en su derecho de quejarse si quiere.
-Por lo menos identifíquese.
El agente sacó una especie de carné que sostuvo en la palma de su mano como a un metro de la cara de Fuancho y lo guardó enseguida.
-¡Vámonos muchachos!

Fuancho salió detrás de ellos con la intención de coger el número de la placa pero el vehículo no tenía. El carro salió raudo y él se quedó pensativo parado en la acera. Miró a izquierda y derecha y vio pocas personas, aunque a esa hora acostumbraban sentarse en la puerta a jugar con sus hijos y hablar con los vecinos.
«Desgraciados, algún infeliz de ellos me levantó esta calumnia. Deben estar atisbando detrás de las ventanas» pensaba. Dio media vuelta y entró a su casa cerrando la puerta tras de sí. Su hija corrió a interrogarlo.

-Papi ¿Qué significa esto? Nos han humillado dejándonos en entredicho en el vecindario.
-Fuancho, ya es hora de que nos digas qué es lo que estás haciendo. Es forzoso que nos aclares tus actividades –dijo la mujer.
-Si pa`, ya no puedes negar que estás en algo raro –dijo el hijo sumándose a la petición de su madre.
Fuancho se sintió abrumado, siempre había esquivado esas preguntas y las cortaba tajantemente, pero ahora intuía que no tenía escapatoria alguna, había quedado en evidencia con esa visita que acababa de recibir.
-Está bien, voy a contarles la verdad. Les juro por lo más sagrado que no estoy metido en ningún cuento raro como dice mi hijo. No soy narcotraficante ni mula, no atraco, no hago ningún negocio sucio.
-Entonces ¿Cómo justificas los gastos que estás haciendo desde hace cinco años? Durante tres tomaste todo el licor del mundo con tus amigos, tanto que ya ellos no quieren saber nada de ti. Luego hemos viajado por todos los rincones del país, pagas montones de facturas, haz comprado de todo para la casa, vivimos bien, vestimos bien, no estás trabajando y… ¿Pretendes negar que estás en algo raro a pesar del bochorno que acabamos de padecer?
-Y ya les dije que no estoy haciendo nada malo, este allanamiento es producto de algún vecino envidioso.
-¡Pues claro que sí! –Dijo la mujer- si de unos vecinos común y corriente que éramos, pasamos a ser los más chéveres y ahora los más antipáticos.
-Papá, comprende que tenemos razón –dijo la hija- cuéntanos lo que te sucede, quizá podamos ayudarte y así estaremos todos contentos.
-Ustedes deben tener fe en mí, confíen en mí. Repito, no hago nada malo. Sospechan que yo soy narco o mula, me allanan porque vieron que voy a viajar y no encuentran nada. ¿Si estuviera atracando no creen ustedes que ya me hubieran herido? ¿No llegarían aquí los compinches? ¿Acaso me ven salir con armas, o traerlas a casa? Ya no salgo de noche y siempre estoy aquí ¿Entonces, en qué momento estoy atracando?
¿Con quién lo estoy haciendo? ¿Solo?
-En eso tienes razón –dijo el hijo- ¿Pero cómo justificas tus entradas? ¿Acaso te ganaste una lotería, encaletaste el billete que te dieron y lo estás sacando poco a poco y no nos dijiste nada?
-Digamos que es algo parecido. Pero ya basta de interrogatorio, desde ahora viviremos con más sencillez y sólo saldremos de vez en cuando a comer afuera o a tomar un helado. He dicho.

Fuancho había cambiado la rutina de su vida, ahora en los días laborales se dedicaba a jugar billar y los fines de semana practicaba la pesca.
Una noche de verano y acostado sobre la arena de la playa con las manos debajo de la nuca para que le sirvieran de almohada, observaba el vasto firmamento. Era fin de año, época de verano y la bóveda celeste aparecía tachonada de estrellas. Ni una sola nube en el cielo. Pensaba que ese montón de estrellas eran prisioneras de una enorme telaraña. Cuando soplaba la brisa marina y acariciaba su cuerpo, creía que también mecía los invisibles hilos de la telaraña que parecía acercarse más a él, amenazando con dejar caer sobre su humanidad ese enorme enjambre de estrellas.

Estaba tan absorto en su contemplación que apenas si percibió el sutil roce en el dedo gordo del pie derecho donde había amarrado el cordel del anzuelo. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro. «Ya cayó otro» pensó y se quedó quieto. La oscuridad era total. Al instante un agudo grito seguido de una enorme J hirió el silencio de la playa opacando el leve murmullo de las olas. De un solo impulso Fuancho quedó de pie. Tomó la lámpara de manos atada a su cuello e iluminó a su alrededor. Observó un enorme cangrejo que con las tenazas todavía en alto retrocedía hacia el agua, tal vez asustado porque lo que él creyó que era una deliciosa albóndiga tirada por algún turista, le estuviera maldiciendo.

Fuancho brincaba y giraba sobre su pie izquierdo. Con ambas manos se agarraba y exprimía el dedo gordo del pie derecho de donde salía un hilillo de sangre. Estaba en eso cuando no pudiendo sostener más el equilibrio se fue de bruces sobre la arena, totalmente envuelto por el cordel del anzuelo. Ya tenía como una hora intentando desenredar unos 20 metros de nylon que más bien parecían la mortaja de una viuda negra. Tomó su mochila, dejó la nevera donde aún conservaba dos sándwiches para el desayuno y el resto de la carnada, se retiro unos 10 metros y se echó a dormir. «Tal vez fue el olor de la comida lo que atrajo al cangrejo» pensó. Ya faltaba poco para amanecer. Prometió no volver más a pescar de noche.

Había hecho de la pesca su pasatiempo favorito, sobretodo los fines de semana. En ocasiones se iba el viernes en la tarde y regresaba el domingo por la tarde o el lunes en la mañana. Llevaba en una mochila su celular, un radio, un cuchillo, una lámpara, una bolsa con sal, fósforos, sus anzuelos, un buzo y una botella de petróleo. En una nevera portátil llevaba suficiente comida, una olla y la carnada. Muy pocas veces lo acompañaba su familia porque el ardiente sol, o el frío de la noche o el mosquito le quitaban todo entusiasmo al paseo.

4
Faltaban 45 días para que cumpliera 45 años, la fecha que su sino le había fijado como término de su existencia terrena. El siempre fue un tipo alegre y muy conversador y de repente se había tornado muy parco, taciturno, como si el mundo hubiera dejado de existir antes que él. No era que lo embargara la tristeza, su rostro permanecía sereno pero impasible, como ido del mundo. El ejercicio de la pesca lo alternaba con el juego de billar y dominó durante cuatro o cinco horas en varios lugares para evitar suspicacias de los clientes o dueños de negocios. Sin embargo todo eso lo abandonó. Ahora solía caminar grandes distancias. A veces se detenía a mirar los transeúntes, o las casas y negocios y continuaba su caminata. Regresaba extenuado a su casa, saludaba, comía y se acostaba.
Su familia estaba inquieta con su comportamiento, así que decidieron hablar con él. Entraron al cuarto y lo encontraron acostado y con la vista perdida en el cielo raso.

-Fuancho, queremos hablar contigo –dijo su mujer- estamos preocupados por ti y tal parece que ya no te importamos. Nos hablas para lo estrictamente necesario; no ríes, no lloras, no ves televisión, no oyes noticias. Vives en un mutismo total.
-Les pedí que me tuvieran confianza y no veo que se hayan esforzado mucho, así que salgan del cuarto y déjenme solo.

Salieron y se reunieron en el comedor.
-Esta situación se está tornando insoportable –dijo la mujer- debemos hacer algo, quizá contarle a sus hermanos.
-¿Qué será lo que le sucede ahora? Hace como un mes que suspendió sus caminatas –comentó el joven.
-¿Será que está enfermo? –Preguntó la chica- pero lo veo muy bien. No cojea, no tose ni se queja de nada ¿Será que él cree que se va morir?
Todos se miraron entre sí como si hubieran descifrado el misterio de Fuancho.
-Yo no creo que esté enfermo -Comentó la mujer- al menos no de gravedad. Pero yo sigo extrañada por el dinero. Nunca lo saca de la cartera sino del bolsillo, a menos que ya haya cambiado el billete. En varias ocasiones, cuando entra a bañarse, le he registrado la cartera y la ropa y no tiene ni cinco centavos, luego le pido lo de la comida y saca un billete del bolsillo del pantalón como por arte de magia. Tengo una idea, regresemos al cuarto.

-Fuancho –dijo la mujer- como ya se acerca tu cumpleaños queremos agasajarte con una fiestecita con tus hermanos, nosotros y los amigos que quieras invitar para celebrar tus 45 años. ¿Qué opinas?
-Es una buena idea, así podré partir contento.
Madre e hijos se miraron nuevamente. «Será que efectuará el viaje que le frustraron aquella vez» pensaron.
Al día siguiente salió muy temprano con muestras para hacerse exámenes de orina y coprológico, se hizo tomar una muestra de sangre y canceló todos estos análisis además de un electrocardiograma, todo lo cual pidió para el día siguiente.

Ese otro día cuando recibió los resultados canceló su consulta y esperó su turno para entrar al consultorio.
-Buenos días caballero- Saludó el médico- Por favor me da sus datos personales para llenarle la historia clínica.
Hecho lo anterior el médico le dijo.
-Muy bien, cuénteme ¿De qué se está quejando?
-¿Yo? De nada doctor. Estoy perfectamente bien –contestó Fuancho. El médico con un gesto de extrañeza se enderezó en su silla- verá doctor, yo me siento bien pero quiero que usted me examine y me evalúe. Aquí tiene todos estos exámenes.
El médico tomó el sobre de Manila que le puso el paciente sobre su escritorio.
-Vamos a ver, vamos a ver –decía el médico mientras desenvolvía los análisis- Hum…el uroanálisis dice que todo está normal. Hum… el coprológico está bien y el hemograma… correcto.
El médico colocó los papeles sobre el escritorio junto con los resultados del electro que no leyó. Tomó el tensiómetro y lo colocó en el brazo de Fuancho.
-Veamos por este lado…Ujú…todo bien. Siéntese en la camilla.
El médico tomó el estetoscopio y se lo apoyó sobre el pecho, escuchó, luego en la espalda y escuchó.
Después con su dedo índice y medio de ambas manos presionó en la parte inferior de la espalda. Fue al frente, tomó su martillo de caucho y golpeó en ambas rodillas del paciente. Tomo una lamparita y le examinó los ojos, la garganta y los oídos.
-Recuéstese boca arriba, por favor.
Colocó el médico una mano sobre el bajo vientre de Fuancho y con la otra daba golpecitos de tambor.
-Puede bajarse de la camilla y sentarse.
A continuación tomó el resultado del electro y lo examinó. Se reclinó en su silla, miró a su paciente y le dijo:
-Estimado amigo, podemos decir que usted está en perfecto estado de salud.
-Gracias doctor. Era todo lo que quería oír.

En el carro camino a su casa Fuancho se puso a analizar su situación. Aún le quedaban 72 horas para su cumpleaños. «Bueno, si estoy en perfecto estado de salud física y mental, entonces me pondré “pilas” para evitar un accidente» pensaba. Cuando llegó a su casa mandó buscar un electricista, un carpintero y un maestro de obra. Era preciso prevenir cualquier accidente en la casa.
-Usted me revisa todo el sistema eléctrico: la acometida, el contador, los tacos, los tomacorrientes, los cordones de los aparatos, las lámparas y sobretodo la nevera, que no esté pasando corriente.
Usted –le dijo al maestro de obra- sube y me revisa cuidadosamente el maderamen del techo, los amarres de las láminas y el cielo raso. Y usted amigo, me revisa los travesaños de la cama, los ganchos y las tablas. Revisa el espejo del escaparate y del baño, las sillas del comedor y la mecedora.
A la mujer recomendó secar bien el baño cuando él se fuera a bañar. También sacar los envases de vidrio y la escoba.

A la familia le pareció exageradas las precauciones que estaba tomando para el festejo de su cumpleaños, ya que pensaban en una reunión sencilla con algunas amistades especiales.
En la mañana de su cumpleaños, la melodiosa voz de su hija y las notas musicales de un Karaoke lo despertaron con su canción favorita “Tu Cumpleaños”. Todavía acostado recibió los besos y abrazos de su mujer y sus hijos que le felicitaban muy efusivamente como nunca antes lo habían hecho. «Será que ellos también lo saben» pensó. Un par de lágrimas corrieron por sus mejillas, su familia pensó que eran de felicidad. El resto de la mañana y la tarde lo ocupó ayudando a su hija a pegar los papeles de colores para hacer las cadenetas e inflando los globos; quería distraerse para no flaquear y ser presa de la angustia. Se había prometido no arrugarse ante su compromiso.

Los invitados comenzaron a llegar y él recibía las felicitaciones en la sala sentado en su mecedora. Sólo tomó dos copas de vino durante la noche y en ningún momento se asomó a la puerta, «hoy es sábado y hay muchos locos que cuando están ebrios hacen tiros al aire y no quiero recibir una bala perdida» pensaba. Siempre sentado en su mecedora disimulando que buscaba los discos que quería oír.
Una moto se detuvo en su puerta, un tipo se bajó de ella y ya él estaba encerrado en su cuarto. El tipo saludó a uno de los invitados y volvió a partir.

Al día siguiente despertó a las 9 de la mañana. Se sentó en el borde de la cama y se puso a pensar «bueno, ya está todo consumado, el Señor cumplió con su parte del billete, ahora yo debo cumplir con lo mío. Estoy muy joven todavía pero ni modo, nadie me obligó aceptar ese trato. Pero ¿Quién era yo antes de esto? Una persona común y corriente, tuve momentos tristes, momentos pésimos, momentos amenos y también muy felices. Me enamoré, me casé, tuve hijos, es decir, viví mi vida. Por lo tanto ¿para qué tantas precauciones si el billete nunca faltó en mi bolsillo como Él lo prometió? De modo que lo otro indefectiblemente llegará, así que, Señor estoy listo, cuando tú quieras».

Se levantó, tomó la toalla, las chancletas viejas y desechó las nuevas con suela antideslizante que había comprado. Después de desayunar se dispuso a salir, daría una larga caminata como acostumbraba antes. Aún en la puerta de su casa se metió la mano al bolsillo, sorprendido comprobó que no había billete. «Está visto que el plazo se cumplió, la cosa va en serio», pensó. Pero aún así no se perturbó. El hombre mostraba gallardía. Se dirigió a su mujer y le pidió prestado algún dinero. Ésta, mirándolo a la cara no podía creer lo que escuchó, pero al momento reaccionó y fue a traerle el dinero. El salió y ella siguió mirándolo « ¿Qué será, acaso tiene el bolsillo roto y no me di cuenta? ¿Será que se le agotó la caleta? » Pensaba.

Fuancho deambuló todo el día por el centro de la ciudad, almorzó en un restaurante y después fue al fútbol. Llegó a su casa ya anocheciendo. Comió, vio televisión con su familia y tranquilamente se fue a su cama. Antes de cambiarse metió la mano en el bolsillo. Nada, no había billete alguno.

Ese otro día amaneció con mucha energía, diríase que con entusiasmo. Habló con su mujer sobre su carencia de efectivo y que le diera de sus ahorros para pagar los servicios. Salió y tomó un mototaxi para hacer todas las diligencias. En ningún momento quiso ponerse el casco protector. De regreso, a dos cuadras de su casa, el colectivo que iba delante de la moto paró para dejar un pasajero. El conductor de la moto quiso sacarle el zigzag pero en sentido contrario venía otro colectivo, el mototaxista lo vio y frenó en seco. Fuancho también lo vio y cerró los ojos. El retrovisor de la moto, arrancado por el colectivo, le pegó en el hombro y escuchó cuando el chofer del vehículo les gritó:
-¡Hey, desgraciados, se quieren morir hoy!
-Señor, señor. Discúlpeme por favor, no vi ese carro –dijo el mototaxista.
-Tranquilo, no te preocupes. Déjame aquí y en adelante anda con mucho cuidado.

Cabizbajo siguió a pie hacia su casa. Iba preocupado, pero no por el incidente, sino de cómo hacer para no pensar y conservar la serenidad. Estaba a media cuadra de su casa, miró hacia la izquierda, luego hacia la derecha, no vio ningún carro. Aligeró el paso. En la acera opuesta un carro recolector de basura retrocedía velozmente. A dos pasos del andén escuchó un grito agudo que taladró sus oídos, volteó y vio las dos enormes llantas que se le venían encima. Cerró los ojos. Sintió el golpe en sus glúteos. Hubo silencio total, lo siguiente que escuchó fue el regaño de un vecino.
-Fuancho qué te pasó ¿acaso vienes borracho que no vistes el carro?
Ese vecino salía a botar una bolsa de basura cuando lo vio y tiró de su brazo con tanta fuerza que le sentó en la acera. Se paró y sin decir nada se fue adolorido a su casa. No comentó nada de los incidentes.

Se sentó en el borde de la cama a pensar. No pudo más, el temple que había mostrado se derrumbó. No le asustaba morir, era la incertidumbre lo que lo atormentaba. Nunca debió aceptar la gabela que le ofrecieron.
Cada vez pensaba más cómo iba ser, cuándo sería ¿Lo atropellaría un bus, una moto? ¿Le darían un tiro en algún atraco? ¿Resbalaría y se rompería el cráneo? -Debí escoger muerte natural, así estaría acostado esperando mi muerte en la cama. Sólo me queda un día de la gabela ¿Será por la mañana? ¿Por la tarde? ¿Tal vez en la noche?
-¡Oh, señor! Esto no es justo. Perdóname, estaba equivocado.
Flaqueó, no pudo más y se fue en llanto. Su mujer escuchó sus sollozos y lo sacudió.
-¡Fuancho! ¡Fuancho! ¡Despierta! ¡Se te ha hecho tarde parta ir al trabajo! Esas pesadillas te dan porque siempre estas comiendo antes de acostarte.

FIN
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